Somos una sociedad dispersa mentalmente y el entorno moderno en el que vivimos no nos ayuda especialmente a centrarnos, a estar presente, a vivir una experiencia profunda. Pero todo esto ocurre por el modo en que estamos entrenando nuestra atención.

La tecnología ha jugado un papel clave en la manera en que se están modificando algunos aspectos cognitivos y es que a través de las redes sociales la avalancha de contenidos breves y rápidos que se suceden ante nuestros ojos nos sume en un abotargamiento visual y emocional dificultando el contacto con nuestras propias sensaciones. Además, las notificaciones y actualizaciones provocan estímulos que nos distraen de otras tareas evitando que nos podamos concentrar profundamente en una única actividad. El resultado es que nos acostumbramos a la multitarea, a la rapidez y a estar mediados por pantallas y nos olvidamos de otros aspectos esenciales como el tiempo que requieren algunos procesos, la riqueza de detalles de la realidad o la amplitud del espacio en el que existimos.

Si somos personas más ensimismadas, más impacientes y más dispersas realmente nos es más difícil estar aquí de verdad, presentes con todo lo que está pasando en nuestro interior y a nuestro alrededor. Estar disperso es una manera de no habitar nuestro cuerpo, no ocupar el espacio y el tiempo que nos toca vivir y estar mental y emocionalmente en cualquier otro lado. La presencia requiere su aposentamiento, una atención dirigida, centrada para digerir todo lo que va viniendo. Y por mucho que nos pese, en la actualidad tenemos que aprender a dedicarle tiempo, esfuerzo para no perdernos en otros lugares virtuales y temple para mantenernos enfocados.

Entrenar la atención nunca ha sido más importante ahora que asistimos cómo el mundo entra en permanente cambio. Es esencial para poder identificar nuevos caminos, descartar otros y mantenernos, independientemente de las circunstancias, bien centrados en el que hemos decidido para nosotros.