Somos una sociedad que, a pesar de tener más recursos que nunca, no podemos dejar de vivir con un malestar que nos carcome, que imposibilita que seamos felices.

El malestar emocional suele venir acompañado de frustración, angustia y hartazgo. Es una señal de alarma que nos indica que hay algo en nuestra vida que necesita ser atendido. Es un aviso de que existe algo que no es coherente con el modo en que necesitamos vivir ahora mismo.

La mayor parte de las veces gestionamos esta incomodidad huyendo (ocupando nuestra agenda, quedando con amigos…), negándola (soy yo la que soy sensible, es una tontería), culpabilizando a otros (la culpa es de mi madre que me abandonó emocionalmente, de mi marido que es un machista), o atontándonos (mirando en bucle Netflix o las redes sociales), etc. Realizamos todas las manipulaciones posibles con tal de no hacer frente a ese aspecto de nuestra vida que nos molesta.

¿Te has preguntado alguna vez qué es lo que más te incomoda de la situación que intentas evitar? ¿Qué sientes ante eso? ¿Qué posibilidades reales hay de que se modifique? ¿Qué consecuencias tendría? ¿Las podrías asumir? ¿Qué es lo que está en tu mano? ¿Es suficiente?

El malestar indica que hay algo en nuestra vida que está desajustado, que no encaja bien. A veces implica mirar aspectos ocultos de nosotros mismos, carencias o dificultades. Otras veces es esencial poner límites a los demás y a nosotros.

Lo que está claro es que, no hacer nada da lugar a que el malestar continúe o se haga más grande. Los malestares son pequeñas alarmas que funcionan como el dolor en el cuerpo físico. Vale la pena ir atendiéndolos para que no se cronifiquen o generen una herida emocional más grande.