Parece que en “el hacer” es cuando más poderosos son sentimos. En el acto mismo de transformar, de rehacer es cuando nos sentimos creadores, aunque sea de un modo inconsciente. En el mismo hecho de construir, mejorar, crear, ayudar y aconsejar es cuando nos consideramos esenciales, ya que nos sentimos partes de una maquinaria que retroalimenta nuestro valor por el mismo hecho de hacer mucho.
“El hacer” y transformar es una de las capacidades que disponemos los seres humanos. Pero cuando esto no está acompañado de una conciencia de humildad y contención, donde “el dejar estar” o “no hacer nada” es parte misma del ciclo, “el hacer “se puede convertir en perjudicial, ya que se vuelve una fuerza imparable de nuestro ego.
El hecho de “no hacer nada” se puede volver una tarea imposible cuando se nos ha reconocido por todo lo que conseguimos. Nuestro orgullo se ve condicionado por las opiniones externas y reclama una y otra vez la seguridad de que funcionamos adecuadamente en esta sociedad, haciendo mucho y obteniendo un feedback positivo. ¿Cómo dejar de hacer, de aportar si en esto es cuando obtenemos nuestro poder, cuando nos vemos reconocidos?
Para nosotros, occidentales, no hacer nada es lo sanador. “Dejar estar” y observar simplemente es el modo en que podemos tomar perspectiva y descansar de tareas incesantes. Nuestro cuerpo y nuestro entorno nos lo agradecerá., ya que simplemente las cosas están bien como están. No tenemos que hacer nada. Y es que realmente no somos tan importantes. Descansar en esta verdad es liberador. Nos permite tocar tierra definitivamente.