El silencio

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Nuestra necesidad de dejar huella en el mundo es la que nos impide escucharlo. ¡Qué poco tiempo pasamos delante de alguien simplemente escuchando, dejando que sus palabras resuenen y se expandan y vayan creando ese universo que está creando con la narración! ¡Qué poco tiempo pasamos observando y escuchando a otros, con ese ritmo lento y pausado del devenir de la vida, con ese mirar al infinito que nuestra cultura cultivó en el pasado con tanto esmero!

Ahora necesitamos aportar, decir, aconsejar, opinar y juzgar pensando que es importante. Sin percibir que las personas a veces sólo necesitan nuestra presencia y que funcionemos como una caja de resonancia, como un eco donde sus palabras puedan volver ampliadas, con toda su carga emocional y su significado. Sólo hay que permanecer en silencio, callar en ese espacio sagrado que se crea cuando alguien te confía sus secretos. Y estar presente, estar compartiendo ese espacio y tiempo con ella. Y es difícil no decir, no aconsejar, cuando queremos aportar tanto. Aun así, a veces, la mejor compañía y la mejor ayuda, es simplemente el silencio.

Sobre el tiempo

El tiempo es una construcción artificial que fabricamos con la mente. EL tiempo se desarrolla y crece cuando vivimos atrapados en el pasado y el futuro, reviviendo recuerdos  y planificando el mañana sin vivir en el aquí y el ahora. Sólo los que viven en el presente viven sin tiempo.

Una de las consecuencias de no vivir en el presente es que el cerebro se acelera para llegar a todos los lugares donde le llevamos, pasado y futuro, futuro y pasado otra vez. Porque a veces nos es difícil enfrentarnos a lo que está sucediente en el presente, en nuestra vida. Nos cuesta responsabilizarnos de lo que creamos con nuestros pensamientos y nuestros actos, por eso huimos mentalmente y evitamos estar aquí y ver realmente qué es lo que está pasando, qué es lo que sucede a nuestro alrededor. Preferimos  vivir de interpretaciones  y ensoñaciones  ya que es algo más seguro. Nos cuesta confiar en el fluir la vida, deseamos controlar todo porque no queremos aceptar la incertidumbre. De hecho, cuanto más acelerado está el cerebro menos tiempo tenemos para hacer las cosas, más vivimos huyendo, más vivimos en un estrés permanente.

La mente siempre busca fuera, delante, detrás lo que no quiere ver del presente. Curiosamente todo lo que pasa es ahora y aquí, aquí y ahora. No hay más realidad que la que tenemos entre las manos.

Abundancia

Paradójicamente es en estos tiempos de abundancia cuando nuestras necesidades de comida y techo están cubiertas cuando vivimos con una mayor sensación de escasez. Sobre todo de amor, conexión, pertenencia, raíces, confianza, eternidad… En nuestro primer mundo todavía se nos activa el cerebro reptiliano como nunca, con su instinto de supervivencia, haciendo que veamos al otro como como una amenaza, necesitando luchar contra él por los recursos o exigiendo que nos aporte de todo aquello que nos merecemos y que se nos ha negado a lo largo de nuestra vida. Esta sensación de carencia no nos une, nos separa de las personas y hace que vivamos con una sensación de desconexión y amargura constante.

Vivir la abundancia desde lo que hay es una opción de vida. Tenemos todo lo que necesitamos. Somos todo lo que necesitamos para vivir una vida plena aquí y ahora. Buscamos más allá, pedimos más, mucho más cuando lo esencial, lo necesario, se encuentra dentro de nosotros mismos, tan cerca que lo podemos respirar. Ser lo que somos y amarlo es todo un aprendizaje de vida. Tener lo que tenemos y apreciarlo es un acto de humildad. De tocar la realidad y poner los pies en la tierra. De enraizarnos.

Descubrirnos para quitarnos las capas de miedo, ira, dolor y tristeza y reconocer nuestra abundancia puede llevarnos toda una vida. Pero sólo así podremos conectarnos con los demás desde nuestra verdad. Sólo así podremos contactar con el otro desde lo que está disponible, desde lo que hay, no desde lo que debe ser, lo que quiero que sea, lo que exijo que sea. Al desnudarnos nos hacernos reales. Y nos mostramos como lo que somos: abundantes, suficientes y necesarios.   

El privilegio

El privilegio es aprender a conocernos de nuevo. Volver a saber quiénes somos realmente, descubrir cómo hemos aprendido a sobrevivir, cuáles son las capas que nos ha puesto nuestra experiencia de vida, cuáles son nuestros “debo”, “tengo que” que chirrían con lo que realmente necesitamos y que no nos permite fluir con el aquí y el ahora. Cuáles son los “filtros” con que nos han mirado nuestros padres y madres de pequeños, profesores, hermanos mayores, referentes y que han formado la imagen de lo que creemos ser. Descubrir quienes somos realmente es sacarnos muchas capas de encima, es quitarnos mucho peso, es salir desnudo de un proceso de conocimiento personal. El regalo es poder mirar nuestra vida, las personas con las que nos rodeamos, las decisiones que tomamos y decir “sí, realmente me reconozco en todo ello”.

Un universo entero

Nos encontramos metidos en tantas búsquedas… del amor verdadero, la media naranja, de estabilidad, intensidad, libertad, reconocimiento…. Necesitamos tantas cosas para ser felices, para estar plenos…A pesar de que lo tenemos todo.

Todo está dentro de nosotros, somos un universo entero, lleno de posibilidades y de matices. Lleno de caos y de poesía. Materia en constante transformación, pura energía encendiéndose y apagándose con el contacto con el otro. Somos pequeñas luciérnagas iluminando el entorno con nuestro corazón. Ese que palpita cuando por fin podemos ver al otro. Cuando por fin podemos vernos a nosotros mismos con todas las aristas, en todas sus dimensiones. Sólo tenemos que llevarnos la mano al pecho y sentirnos aquí. Sólo tenemos que callar y oir cómo el mundo respira. Sólo tenemos que cerrar los ojos y disfrutar de la suavidad de poder ser algo palpitante y vivo.

Es entonces cuando nos damos cuenta de que no nos hace falta nada. Al estar, simplemente estar, sin esperar nada, sin ansiar nada, sin pedir nada es cuando nos damos cuenta de que se puede llegar a una coherencia interna, un estado de confirmación de algo que intuíamos, como si un engranaje encajara y empezara a girar y formáramos parte de algo más grande que nosotros mismos.

La importancia de los límites

Poner límites no sólo es saludable. En muchos casos es vital para sobrevivir.

No podemos ser siempre complacientes con el otro, sobre todo cuando esa “amabilidad” implica permitir que el otro traspase nuestros límites.  Hay tanto miedo a ofender a los demás si decimos algo que pueda afectar a la relación, a decepcionar, que somos capaces de aceptar muchas cosas que son inaceptables para nosotros. Tenemos miedo a que nos rechacen, al juicio, a quedarnos solos. La soledad. Nos aterra la soledad. Pero únicamente atravesando la soledad, eso que nos da tanto miedo, podemos respetarnos y aprender a tener relaciones más sanas. Porque podremos decir NO. Y nos podremos marchar. Aceptaremos la soledad antes de mantener una relación que no sea sana para nuestra vida.

Cuando tenemos una buena relación con nosotros mismos, la podemos tener también con los demás.

Amar a la madre

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El vínculo con las madres es tan fuerte que siempre estará allí. Es un cordón umbilical visible e invisible. La relación con las madres es intensa, catártica y malsana en ocasiones y en otras placentera, cálida y tierna como si de un abrazo de algodón se tratara. En la infancia vivimos a nuestras madres de muchas maneras: ausentes, presentes, castradoras, reparadoras, autoritarias o amorosas y de otros muchos modos intermedios. De la manera que sea, las madres suelen estar muy presentes ya sea físicamente o en la fantasía ocupando un gran espacio de nuestras vidas.

Hay madres poderosas que intentamos retar cuando somos adolescentes. Queremos saber cuál es nuestro espacio. Hasta dónde podemos llegar y la tomamos a ella como medida. Después tenemos problemas con la autoridad.

Hay madres tiernas y amorosas que se esfuerzan hasta la extenuación para que que l@s hij@s tengan lo que necesitan y son tan acogedoras que cuesta crecer sin ellas, sin estar debajo de su ala.

Hay otras que no se sabe dónde están a pesar de estar con nosotros, están ausentes, en el trabajo, en sus problemas, en su mente y por eso de mayores nos sentimos perdidos en el mundo.

Hay madres seguras, que defienden sus ideas y a sus hij@s a capa y espada, arramblando con lo que haga falta, incluso hasta con la psique de sus hij@s y por eso nos sentimos inseguros sin su opinión.

Hay madres que proyectan en sus hijos sus frustraciones, sus sueños, sus deseos y de adultos no sabemos lo que queremos para nosotros.

Y es que madres hay muchas y también sólo una.

La cuestión es que cuando no amamos a la nuestra con todos sus defectos, no podemos amarnos nosotros como madres o padres. Si no amamos lo que hubo, lo que pudo ser, nos costará mucho aceptar nuestras limitaciones y nuestras metidas de pata. Nos costará integrar la parte amorosa e insuficiente que hay en cada uno de nosotros al amar. Amando a nuestra madre, nos amamos también a nosotros mismos.

Y hay veces que no es posible, queremos firmar la paz con el pasado y no es posible. Las heridas son profundas y dolorosas y todavía están sangrando. Sólo podemos dejarlas sentir y permitir que vayan fluyendo. Y no tener expectativas. Sólo darles su espacio y su tiempo.

Olvídate de ti

Necesitamos valentía para tomar decisiones que pueden dar un vuelco a nuestras vidas pero que son necesarias porque son lo que nos pide nuestro interior.

Tenemos tanto miedo de ser lo que realmente somos, de seguir los mensajes que nos dice nuestra intuición que solemos quedarnos paralizados, atrapados en nuestra vida infeliz, en nuestra imagen cara a los demás, en lo que quieren los demás de nosotros más que en lo que nosotros queremos realmente para nuestra vida.

Sé valiente, sé audaz contigo, olvídate de lo que has sido hasta ahora, vive donde temes vivir, destruye tu reputación, sé notorio. ¿Cómo quieres vivir tu vida?

Pensamientos enjaulados

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Nuestros pensamientos se pueden convertir en una buena trampa. En la vida nos ocurren situaciones y a veces, la incapacidad de darles solución hace que se nos quedan atrapadas en la mente y en el cuerpo. En la mente dando vueltas constantemente, en el cuerpo, en forma de contracturas.

Hay pensamientos que son como animales enjaulados. Van dando vueltas constantemente, desesperados por salir. Y nos cuesta dejarlos ir, nos resulta muy difícil soltarlos. Aunque eso es lo que están pidiendo a gritos con sus vueltas, con sus giros, están buscando la salida, están esperando que los soltemos.

La mejor manera de liberarlos es expresar que están ahí, en nuestra mente. Hablando de ellos los hacemos real con nuestras palabras, no los dejamos que existan sólo en nuestra imaginación. Al poner palabras a todo lo que nos pasa, estamos abriendo una puerta para que puedan marcharse ellos solos.

Las palabras no dichas y las cosas no hechas dejan en nosotros una huella que nos une con el pasado. Una parte de nuestra ensoñación y pensamiento es un intento de vivir en la fantasía lo que dejamos de vivir en la realidad. Por eso cuando expresamos y explicamos deshacemos con nuestras palabras las jaulas que nos atrapan en el pasado.

Gestionar el miedo

El miedo nos aprisiona, nos mete en un espacio tan pequeño que apenas no podemos respirar. Es una emoción que se despierta cuando nos sentimos amenazados, cuando tememos que nos hagan daño o cuando pensamos que no lograremos algo que es importante para nosotros.

Es una alerta esencial para nuestra supervivencia, ya que es una llamada de atención.

Ignorarlo no funciona. Hay que  transitar este miedo, darle su espacio y atravesarlo con las emociones que surjan, explorarlo en un entorno seguro y aprender de él, aprender todo lo posible para que ya no nos produzca esa limitación.