Sanar nuestra infancia

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Cuando vamos creciendo y convirtiéndonos en adultos existen partes nuestras que con la edad han crecido y fluyen con la vida: somos buenos profesionales, podemos ser padres y madres coherentes, tenemos amigos…, pero a veces hay partes emocionales que se quedan como cuando éramos niños. Son partes que no pudieron ser acogidas en su momento porque los adultos que nos cuidaban no estaban disponibles, no supieron hacerlo mejor o estaban demasiado encerrados en sí mismos. El niño o niña que fuimos recibió un gran impacto emocional porque tuvo necesidades que no pudieron ser cubiertas y se quedó atrapado en ese deseo y petición. Esta parte infantil nuestra, que continúa con miedos, deseos y fantasías antiguos, todavía se muestra en ocasiones en nuestro yo adulto repitiendo todo aquello que no pudo solucionar en aquel momento. Ahora lo hace a través de situaciones diferentes y caracterizando a nuevas personas con los rasgos que tenía aquella persona con la que se relacionaba, fuera el padre, la madre o su cuidador/a.

Sanar a nuestro niño interior es reconocer y acoger a esa parte infantil con sus peticiones y necesidades desde nuestro yo adulto. Es intentar crear en nuestro interior esa figura tan demandada, ese adulto que cuente con la fortaleza y templanza para poder acoger a ese ser asustado, que también habita en nosotros, y que todavía está dolido con el pasado mostrando una gran necesidad de amor. Encontrar y ubicarnos en el yo adulto es esencial para que nuestro niño interior pueda ser consolado, arropado y querido como lo no lo pudo hacer aquel padre o madre en su momento.

Es así como podremos integrar a nuestras partes emocionales que no pudieron madurar en su momento. Es escuchando, acogiendo y reconociendo ese mensaje que nos envía de nosotros mismos y que nosotros acostumbrados a ignorar, ya que nos hemos olvidado de sentir. Mientras estamos vivos no es demasiado tarde para tener una infancia feliz, por supuesto que estamos a tiempo y lo mejor es que está en nuestras manos.

La importancia de los entornos

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El hecho de estar vivo es un regalo, esto lo sabemos ahora, en este momento en que estamos respirando y en el que sentimos latir a nuestro corazón. Lo que a veces no pensamos es en las posibilidades que tenemos de realización. Somos un universo entero de posibilidades. Como seres vivos estamos en constante movimiento y evolución. Cada decisión que tomamos hacia alguna parte abre nuevos potenciales de cambio. Cada paso hacia un lugar diferente abre caminos nuevos.

Existir y acceder simplemente a un lugar físico implica un impacto en el orden de ese sitio. Conocemos a personas nuevas, accedemos a ideas y esquemas diferentes. También nosotros dejamos nuestra huella biológica y vibracional. Entramos y reorganizamos lo que hay allí con nuestra energía, nuestros pensamientos y nuestro ser. Solo respirando ya modificamos imperceptiblemente la atmósfera del espacio. Aportamos y recibimos de los lugares por los que pasamos y habitamos. Cualquier entorno nos modifica parcialmente añadiendo nuevas posibilidades de ser.

Al estar conscientes de este potencial podemos vivir la vida con mayor consciencia. No dejarnos arrastrar por los “caballos” de la vida, corriendo hacia todos lados de un modo inconsciente, sin sentir los lugares por donde vamos pasando. Es entender nuestra responsabilidad por estar vivos, la riqueza de los entornos y cómo éstos potencian las posibilidades de cambio.  

Las ovejas negras

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En todas las familias hay personas que no siguen el camino del resto. Suelen ser difíciles, retadores, contestatarios, rebeldes. No se pliegan a las normas familiares. Disponen para sí mismos de mucha más libertad de la que puede disfrutar el resto. Algunos de ellos entran en caminos de autodestrucción o destrucción de lo establecido. Hay una energía voraz de cambio que no se para ante nada.

Estas personas, a pesar de hacernos difícil nuestro día a día, también están para plantear situaciones nuevas dentro de un sistema. Y lo hacen como saben, con esa energía que a veces siempre está dispuesta al ataque, a perderse o provocar un cataclismo. También esas personas están allí para que situaciones muy fijas se muevan, para reparar patrones antiguos que hoy en día ya no funcionan, para desintoxicar relaciones o maneras de afrontar los problemas. Esas “ovejas negras” existen por algo, les toca un papel complejo, pero si lo asumen es porque de alguna manera sienten que lo deben hacer o porque no les queda más remedio, les va en ello su manera de entender la vida.

Para los que viven en su entorno es duro acoger, amar y respetar todo lo que traen las “ovejas negras”. Pero si aprende a vivir con ello, con todas las nuevas situaciones que plantean también se podrá crecer con ellos y en el mejor de los casos reconstruir patrones que hasta ahora no habían podido repararse.

Confiar en la vida

Nos cuesta confiar en la vida y en su fluir. Preferimos empujarla, preferimos imponer cómo debe ser, dónde deberíamos estar, tener un tipo de vida determinado, tener un trabajo acorde con nuestro orgullo, tener pareja porque vivir solo es un castigo, tener hijos porque así damos un sentido a nuestra vida, a cada edad haber cumplido unos hitos. Antes de morir: construir una casa, tener un hijo, plantar un árbol…

Tantos debería, tantos trenes que debemos coger, tantas oportunidades que no debemos perder, pero ¿hacia dónde? ¿para qué? ¿cuál es el destino?

A veces la vida nos para de golpe o simplemente nos cansamos de tanto tren vacío de sentido. Y nos quedamos en la cuneta, al margen de la vida que habíamos querido para nosotros.

Justamente es en este lugar, en medio de nada, simplemente apartados del camino que llevábamos, donde surge la belleza, los pequeños brotes de claridad para nuestra existencia: Aquellos detalles que hemos pasado tanto tiempo por alto y que ahora tienen sentido; esas personas que han estado siempre allí y son importantes; eso que siempre he querido hacer y nunca me he atrevido; ese cambio que estaba buscando desde hace tanto tiempo.

Todo eso es tan sutil y tan efímero como las amapolas, pero tan potente y tan nutritivo para nosotros que nos hace respirar a pulmón lleno, sentir que realmente estamos echando raíces, que por fin empieza a cobrar sentido nuestra existencia.

Los maestros

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Solemos pedir al universo maestros que nos guíen en esta vida. Gurús, guías espirituales, personas de referencia. A veces tenemos la suerte de toparnos con alguno que realmente transmite unas enseñanzas de valor. Otras veces, buscando, buscando, acabamos encontrando a otros que han hecho un camino previo y pueden enseñarnos una ruta para ser más coherentes y felices.

Sin embargo, los maestros ya no se encuentran en la India, en Persia o en países remotos para muchos de nosotros. Los que somos madres y padres no somos conscientes que los auténticos maestros los tenemos en casa. Son nuestros hijos e hijas los que nos muestran aquello nuestro que no queremos ver, nos piden cambiar lo que nos cuesta tanto, nos cuestionan hasta que nos replanteamos nuestras creencias. Es su resistencia al mundo tal como lo concebimos lo que nos permite avanzar, lo que nos permite flexibilizarnos, lo que nos permite fluir.

Dicen que las nuevas generaciones son más rebeldes, no toleran la autoridad, no se les puede decir lo que deben hacer. Lo que son es ser más conscientes. Quieren vivir en una mayor coherencia, intuyen lo que quieren para su vida y necesitan que les respetemos profundamente, amando lo que son.

Si los escuchamos atentamente, sin activar actitudes mecánicas como imponer nuestro criterio y nuestros conceptos de cómo son las cosas, podremos entender mucho más cómo se va desarrollando la vida. Ellos aún tienen la sensibilidad para hacerlo, viven en el fluir, aún no han congelado el futuro en sus mentes. Para nosotros es una oportunidad de oro. Realmente, tener al maestro en casa, si lo pensamos bien, es un privilegio. 

La educación

Acaban de empezar las clases y como profesora no puedo dejar de pensar cómo obviamos el corazón cuando estamos en las aulas a pesar de la importancia que desempeña en el aprendizaje.

Dijo Aristóteles que educar la mente sin educar el corazón no era educar, pero es difícil que podamos acompañar a nadie o simplemente intentar educar, si antes no hemos revisado cómo está nuestro corazón, sin antes saber qué nos pasa con el otro, sin entender qué tipo de emociones proyectamos consciente e inconscientemente. Sin antes saber de qué pasta estamos hechos como personas.

Los maestros, profesores y docentes tenemos una doble responsabilidad, primero para con nosotros mismos y otra para con nuestros estudiantes. Ya que el aula es un espacio donde no hay escapatoria: la dualidad profesor-alumno funciona en una retroalimentación constante, es un espejo que refleja una y otra vez lo que somos, es un juego de dar y recibir en el que cada día nos retratamos. Unos como profesores, otros como alumnos.

Y a veces, en ese intercambio constante, surgen momentos de silencio, cuando simplemente estamos disponibles, cuando estamos en nuestro centro y tratamos de irradiar amor hacia la persona que tenemos delante, a pesar de que no la conozcamos demasiado. Son esos días en que a veces no hablamos del temario, sino de lo que nos pasa en la vida, cuando además de conseguir mover intelectos también logramos mover corazones. Son esos días que volvemos a casa con la sonrisa en la cara y la emoción en el cuerpo cuando nos sentimos más orgullosos de nuestra profesión y de poder acompañar a personas. Y estamos satisfechos porque realmente entendemos de qué va nuestro trabajo.

El poder de las palabras

No sabemos el poder tan increíble que tienen las palabras. Con ellas podemos potenciar o destruir una persona. Son el vehículo con el que viaja nuestra intención. Lo que soñamos, lo que sentimos, cómo vemos el mundo, cómo vemos al otro llega a través de nuestras palabras y de la energía que ponemos al expresarlas.

Si tenemos intención de herir, a veces las palabras pueden ser dardos envenenados y espadas cortadoras de cabezas, llevan una energía destructiva. En cambio, si queremos impulsar y potenciar a una persona también lo podemos hacer con la manera en que nos expresamos hacia ella. Envolvemos las palabras de amor y afecto.

Escoger nuestras palabras y determinar nuestras intenciones nos permite crear el entorno que queremos a nuestro alrededor.

Preguntar para entender mejor las intenciones del otro o por qué está haciendo algo nos permite ubicarnos y así escoger las palabras y la energía. Nos permite tomar una distancia para decidir si queremos entrar en un espacio de enfrentamiento o un espacio de entendimiento. Cuando preguntamos por qué dice lo que dice, buscamos aclaración y podemos tomar perspectiva, intentamos entender cómo el otro está viendo el mundo.

La mayor parte de las veces si preguntamos, descubriremos que no hay una intención real de hacer daño o de agredir, sino que simplemente el otro está funcionando de un modo automático, es un pensamiento y una manera de hacer asociaciones recurrentes en base a suposiciones que se crea el/ella en su mente. Realmente no hay una intención real de herirnos o atacarnos, simplemente es un modo psíquico de funcionamiento, en el que asume que el mundo es como el/ella cree que es y no suele ser positivo, sino más bien al contrario, suele tener una imagen negativa de cómo funciona el mundo.

Entender cómo es el mundo del otro, sin dejar que nos haga daño y llegar a una conversación para aclarar situaciones sin ponernos a la defensiva y atacar es realmente un ejercicio valioso de empatía: podemos salir fortalecidos como personas y cuidar al otro a pesar de que el/ella no sepa hacerlo.

Los Girasoles

Este poema de Rupi Kaur me hace pensar sobre la entrega a la vida.

Los girasoles giran hacia sol, se adaptan a sus rayos y florecen con todo su esplendor, mostrando descaradamente su potencial. También nosotros podemos ser como los girasoles. Si nos entregamos a lo que nos trae la vida, lo aceptamos y volvemos a recordar lo que somos realmente podemos conectar con el fluir, con el estar donde estamos ahora, podemos disfrutar del día intensamente aun sabiendo que estamos de paso.

Tenemos la eternidad recogida en el ahora. Sólo hace falta abrirse, dejar que salga nuestro yo auténtico y bailar con el sol. Como los girasoles.

La misión

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Todos estamos tentados a sentir que tenemos que cumplir una misión en esta vida. Un fin más alto y profundo que simplemente sobrevivir en este mundo e intentar que nuestros hijos progresen. Pero esto no es más que otra trampa del ego humano: tener un propósito es creer que somos esenciales para que el planeta funcione. Y realmente no es necesario.

La Tierra ha sobrevivido y evolucionado eras enteras sin que nosotros hayamos hecho absolutamente nada. De hecho, es mejor que no hagamos nada. Sólo hay que ver las consecuencias de nuestro paso por aquí: incendios, deforestación, animales en extinción, cambio climático…

No hace falta dejar ninguna huella. Ningún monumento para la posteridad. Ningún altar de lo que somos. No hace falta dejar ninguna herida más en la Tierra. Sólo un caminar suave y discreto, casi sin hacer ruido, ir ligero sintiendo cómo nuestro corazón late al unísono con los otros, callar y observar cómo palpita la energía sutil de nuestro entorno. Como nuestro alrededor ya está vivo sin tener que hacer nosotros nada. Sentirnos vivos y felices sólo por pertenecer, por estar, por formar parte de este planeta. Querer solo ser y que esto sea suficiente.