Cuando hacemos todo lo posible para conseguir nuestros objetivos, ponemos voluntad, esfuerzo, flexibilidad y finalmente no los conseguimos, podemos acabar con mucha frustración. Y es que la frustración es una descompensación de ritmos entre nuestros deseos y lo que sucede realmente. En ocasiones el problema está en que nos hemos focalizado demasiado en un resultado determinado: “tiene que acabar queriéndome”, “obtendré la plaza”, seré médico”, “será mi pareja”…
A pesar del dolor, la rabia y tristeza que es cierto que están allí, podemos intentar observar lo que ocurre desde otra perspectiva. Si nos enfocamos en el resultado obviamos el proceso, en todo el largo camino que nos ha llevado hasta allí.
Es decir, es como si nos proponemos escalar una cima importante, por ejemplo, el Montblanc, y finalmente no podemos alcanzar la cumbre por el mal tiempo, por una lesión o porque tenemos que hacernos cargo de un compañero. Parece que no cuente todo el camino realizado para conseguir nuestro objetivo, la superación de obstáculos o los compañeros que nos hemos encontrado por el camino.
La cuestión es volver a ajustar nuestros deseos a lo que realmente ha existido, compensar la energía que ponemos en que el resultado sea de una forma determinada y las circunstancias que nos devuelve la vida. Y sobre todo descubrir de qué hemos sido capaces, entender que ante este reto cómo hemos reaccionado, qué nos llevamos, qué hemos descubierto de nosotr@s mismos.
Foto de Uday Mittal en Unsplash